(Este mensaje me lo manda un amigo de la Escuela de Industriales, cuya identidad no desvelaré)
Interesante pregunta.Creo que una persona que se entrega a Dios no es víctima de un arrebato sentimental, o un lavado de cerebro. Tú mismo te das la respuesta: no tiene explicación humana que una persona deje todo lo que tiene por servir a Dios, por dárselo todo. Y que, además, tenga una alegría extraordinaria y desbordante.
Es algo que yo he visto en unas cuantas personas que se han hecho del Opus Dei, y he experimentado en mis propias carnes. Después de haber visto cambios muy grandes, en mí y en otros, he llegado a la conclusión de que la vocación es una llamada de Dios.
Es un descubrir el plan que tenía para tí tu Padre Dios desde antes de crear el mundo. Este plan, en un momento concreto de la historia, se te desvela. Es como un alud arrollador; un impulso tal, que te lleva a gastar todas tus energías en el cumplimiento acabado de una voluntad ajena, y a la vez propia. Eso es la vocación.
Como seguro que has podido ver en muchas personas, esa entrega va acompañada de una inmensa alegría. De una paz que no puede dar nada de esta tierra.
Una vez más se comprueba la paradoja: darse es llenarse. Entregarse a Dios es llegar a una felicidad sin parangón en esta tierra. Parece que uno lo va a perder todo, pero no: gana más de lo que da (y lo había dado todo). Una vez más se comprueba lo del ciento por uno. Creo que una vocación de entrega plena a Dios es una lotería; y a mí me ha tocado, por gracia inmerecida de Dios.
Me parece que lo más importante, a la hora de descubrir la propia vocación es saber hacer oración. Pero eso se sale de este tema: tal vez mañana continúe con la respuesta.

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