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Mi marido en el cielo

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No me dejó ningún saldo negativo ni esta enfermedad ni su sufrimiento tan fuerte. A su alrededor se respiraba “AROMA DE CIELO”. Porque vivió esos once meses con una entrega y una alegría incomprensible para muchos.

Hablamos todos los días de que él ya tenía el pasaje de “vuelta” –el de venida se lo regalaron sus padres junto con Dios- pero sin fecha aproximada. Me repetía: “tengo la gracia de este cáncer y la gracia de vislumbrar cuando me puedo llegar a ir. Vos no gordita. Pero voy a luchar por no dejarte”

Él fue y es mi principal promotor y entusiasta en lo intelectual y en lo espiritual.  En cuanto al corazón, siempre me decía “a vos, Bea te sobra para los dos”.

Quiero agradecer a mi Padre y a Raqui, que lo mimaron tanto. Me sale de dentro al agradecer a sus Padres y a mi Madre…pero no necesito porque ya lo habrán recibido al llegar al Cielo y se lo habrán dicho por mí.

A nuestros íntimos amigos que lo acompañaron, lo rodearon de ese cariño tan propio de la amistad cuando es verdadera. A los que viven lejos y siempre estuvieron cerca con una llamada, un mail como Pollo, Ricardo, Daniel y Ana, Mariano, Vicky.

A sus ahijados que lo fueron a ver haciéndole pasar momentos agradables –como Francisco y Santiago-en especial a Santi Trejo que le regalaba asombro y ternura. A mis hermanos. Enrique desde su dolor y entrega pidió por todos Uds. con nombre y apellido.

¿Qué puedo decir de los que nos acompañaron a dos de mis hijos

- que Dios quiso que estuvieran en representación de todos sus hermanos- y a mí, esa noche y madrugada del viernes 18, mientras  que el alma de Enrique luchaba respirando tan dificultosamente por quedarse… Y yo le decía: “No luches más mi amor, Jesús te está esperando. Ya está, ya basta de luchar. Yo ya no peleo contra Dios, ya te entregué.” Gracias Elsa, Elena y Panchi. Nunca me voy a olvidar de esa noche, en que nos ayudaron a mis hijos y a mí a dejar partir al alma de Enrique.

A Francisco- que cuando Enrique se descompuso la última vez- voló al sanatorio a acompañar a su amigo, a su hermano.

A Sara que nos acompañó a todas horas. ¿A M. Angélica y Susana como les puedo agradecer?

A todos les quiero con palabras de una amiga-que no pudo venir, pero Jorge, su marido sí- “Si estoy caminando y respirando, es por la oración de cada uno de Uds. que no es poca cosa”

Al padre Aníbal-su confesor- que se le acercaba a diario con un entusiasmo tremendo-aunque no lo viera bien- y le traía la Comunión y la Confesión. También al p. Tomás que lo ayudó muchas veces llorando. Al p. Carlos de S. Patricio. A Rodolfo que cada vez que entraba le daba a Enrique un beso en la frente. Todo esto me hizo darme cuenta una vez más que el cariño en el Opus Dei se palpa, se siente y no es una teoría. Y para a los que Dios nos da esa vocación: No hay mejor sitio para vivir, ni para morir. Enrique y yo lo vivimos así.

A nuestros hijos, me gustaría decirles que nos mantengamos unidos como hasta ahora. Que hablemos de Papá con alegría y con Fe en Dios como él hubiera querido. De sus padres les quedó la peor parte, que soy yo. Por eso-aunque espero estar a la altura de las circunstancias- quiero que sepan que los necesito para seguir viviendo y que me dejen ayudarlos en su dolor,  que es muy duro. Sé algo de eso porque ya dejé partir a mi Madre. A su Papá lo tienen ahora disponible las24 hrs. del día, aunque no lo vean. Que lo sepan Matías y Tomás que están lejos, todo esto que les digo.

Enrique y yo nos entregamos el uno al otro durante toda la vida. Esa es la maravilla del amor cristiano, del Sacramento del Matrimonio, porque siempre supimos que cuando Dios lo creó a Enrique, lo creó para mí, y seis años después me creó a mí para él. Le pedíamos a diario –yo le exigía- las gracias actuales de tan grande sacramento.

Cuando se fue Juan, el último a vivir por su cuenta, nos llenamos de proyectos. A él le costó mucho más la partida. Nos conformábamos con cosa sencillas, como jugar al ludo-yo soy una tramposa, él ni ahí hacía trampa- abrazarnos, respirar hondo en el campo, ver crecer de todas formas a nuestros hijos y a Martina nuestra nieta, que lo llamaba Tata como él quiso siempre, rezábamos juntos todos los días. Fuimos amigos y confidentes además de marido y mujer. Aprendimos a reírnos de nuestros defectos, llorábamos con nuestras alegrías y nos peleábamos por tonteras como cualquier matrimonio.

¿Cómo no voy a estar enamorada de un hombre así? Ahora lo amo aún más, porque forma parte del Amor de Dios y entonces es más apetecible que antes como amor.

Espero que no me suelte de la mano- ni a nuestros hijos ni a mí- durante la vida que nos queda por delante… Y nos abrace fuerte, muy fuerte en el momento final de entregar nuestra alma a Dios..

Gracias Señor, por haberme entregado a Enrique durante treinta y siete años y cuatro meses, fue el regalo –inmerecido- más grande que recibí de Vos. Bea Hellers.

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