Pues bien, tenía un libro "tochete", unas gafas de sol, una carpeta con las clasificaciones, un balón para dejárselo a unos amigos que por la tarde jugaban un partido en Requena y una cámara de fotos. No tengo coche y salí de casa a las ocho de mañana llevando todo en una bolsa de plástico.
Los sábados suelo ir a Misa a San Alberto Magno, es una parroquia que está junto a Tajamar. Al llegar dejé el libro (era lo que más pesaba), después de Misa dejé el balón (era lo que más abultaba). Sólo me quedaban tres objetos. Después salí camino de Tres Cantos en la Renfe. Llegué y me dirigí al Pabellón para poner los folios en el tablón. Me quedaban las gafas y la cámara, ya metidas en el bolsillo del abrigo que llevaba. Las manos las tenía libres.
Luego pensaba y recordaba lo que siempre me han comentado sobre la confesión: primero lo "gordo", lo que más cuesta. Que cumpla los cinco requisitos: examen de conciencia, dolor de los pecados, propósito de la enmienda, decir los pecados al confesor y cumplir la penitencia. La confesión tiene que ser clara, concisa, completa y muy sincera, nos va el alma.
Si habitualmente realizamos un pequeño examen por la noche, nos ayudará a ser finos en el amor a Dios; nos llevará a desear frecuentar más este Sacramento. Si desgraciadamente caemos, acudamos prontamente a la Confesión, como aconseja san Josemaría en
Forja. La experiencia me dice que las grandes
"complicaciones y dudas" no surgen espontáneamente, se van fraguando poco a poco y dos buenos instrumentos para atajarlos son: el examen de conciencia y la confesión. También puede ser bueno una conversación con ese amigo, o amiga, que sabemos que tiene recta formación para saber aconsejarnos. A mas sinceridad, sin miedo, mejor nos podrán ayudar. Seríamos muy torpes si por quedar bien no decimos la verdad. Más vale una vez
"colorao" que ciento amarillo, dice el dicho.
La verguenza para pecar, decía Doña Dolores a su hijo Josemaría cuando era pequeño. Después de cada confesión contrita, otra vez a luchar, con sincero deseo de no volver a ofender a Dios. Lo malo no es meter la pata, lo malo es dejarla dentro.
Nuestra alma y nuestra conciencia lo agradecerán. Busquemos a Jesús en los Sacramentos, dejémonos encontrar por Él, pongamos nosotros empeño también.
Por cierto, las gafas se las devolví a mi amigo esa misma tarde.
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