-como instrumento- para perdonar los pecados. Así fue como a los cuarenta y seis años hizo su Conversión de Fe al catolicismo. Un año antes de que mis padres se casaran.
Es obvio que cuando yo la conocí… mejor cuándo yo nací y ella me conoció, ya era una católica practicante. Es más, lo llevó a practicar a su marido-mi abuelo- que por esos momentos atravesaba caminos de tibieza.
Si volvemos a lo que les contaba al principio, de que mi Abuela vivió en un hogar luterano practicante y con todas sus costumbres alemanas incluidas… Es fácil deducir que muchas de las verdades de Fe y piedad católicas, le fueron arduas para incorporarlas.
Recuerdo las grandes discusiones que sostenía con ella – desde mis diez años- sobre la Virgen, entre otras. Pero, poco a poco las fue adoptando e integrando a su nueva fe.
Pasaron los años, y siendo yo supernumeraria, se convirtió en Cooperadora del Opus Dei. Estaba encantada de como se hacía tanto hincapié en la Confesión frecuente. También le caló muy hondo las palabras de San Josemaría de que la Confesión debía de ser: clara, concisa, completa y concreta.
Vivió hasta los noventa años… y recuerdo muy bien como enfatizaba: “Bea, hasta los noventa años y más se pueden corregir defectos”. Se esforzó hasta su último día-a pesar de todos los males que la atacaron- en trabajar. Me regaló el día antes de partir un tejido al crochet hecho por ella con una de sus manos atadas al sillón para que no le temblara el pulso por su mal de Parkinson.
Durante el tiempo de Cuaresma, todos los años, vivía con gran regocijo la invitación de la Iglesia a la conversión.
No he conocido a nadie más con una humildad tan grande que la llevó a tan grande Sacramento.
Ya que estamos en Cuaresma, saquen sus propias conclusiones… Siempre hay algo de que confesarse. ¿Qué tal si la siguen a mi Abuela? Bea Hellers

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