Su franca sonrisa, con la que nos obsequiaba a todos, nos sirve como acicate para afrontar el futuro, al tiempo de apoyarnos en su firme fe, sabedores que la Virgen, como Madre Nuestra que es, lo ha tomado de la mano de su madre, para llevarle al mejor de los lugares, que “ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios preparó para los que le aman”.
Hasta siempre David, y acuérdate de nosotros.

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