La verdad es que impresiona entrar en una unidad de Pediatría del Hospital infantil Gregorio Marañón de Madrid, y descubrir qué historias ricas y duras se escriben allí. Cada una sabe de esperanzas y gozos, de límites y desafíos, de complicaciones e incógnitas de lo que vaya a suceder. Me gustaría, Señor, que todas terminasen bien. Que los niños volviesen sanos y salvos a sus casas con los suyos. Para algunos, el hospital es su casa, y viven allí desde el día en que vinieron a este mundo. ¡Qué misterio es el del dolor, y qué impacto causa el hecho de la enfermedad en los niños y en sus familias! Nunca los olvidaré en mi oración; y después de esta experiencia con mi sobrina Violeta permíteme, Señor, que cada día te los recuerde, siguiendo tu consejo: Dejad que los niños se acerquen a mí, porque de ellos es el Reino. Tú sabes, Señor, que no hay nada más santo sobre la tierra que un niño. Son tu imagen viva y transparente. Por eso, cuando Violeta ríe (y lo hace con frecuencia en sus tres cortos meses de vida) su sonrisa ingenua e inocente es un esbozo de la tuya. Creo que no me equivoco si digo que he visto reir a Dios.
Su ángel, lo dijiste tú, está viendo en el cielo el rostro de tu Padre celestial. Me gustaría, Señor, que desapareciese la enfermedad en los niños, que no existiesen abusos y esclavitudes sobre ellos, que no fuesen víctimas de una pobreza que deja a muchos abandonados a su suerte y presa fácil de enfermedades. Sólo de los que son como ellos es el Reino, tu Reino.
Santiago Barrero Príncipe (Alfa y Omega)
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