Hoy me gustaría hablar de las normas de piedad. Algunos podrán considerarlas como prácticas obligatorias para que, al llegar la noche en la hora del examen, uno pueda quedarse “tranquilo” de haber “cumplido” con su piedad.
Si una cosa he descubierto en este último tiempo, hace casi 18 años que no soy de la Obra, es que esas normas de piedad no suponen para mi un cumplir con nadie, ni con el sacerdote con el que me confieso, ni con el amigo que tengo y al que le cuento mis cosas, porque quiero, ni tan siquiera con mi conciencia.
Para mí, esas prácticas de piedad suponen, cada una de ellas, un encuentro personal e íntimo con el Señor. Se que le viene muy bien a mi alma y se que sin rezar la estaría “matando” de hambre. Por eso al llegar por la noche y hacer ese pequeño examen de conciencia, lo que miro no es si las hice, sino qué cariño y atención puse en ellas. Si no las hice, saber buscar objetivamente el por qué de esa omisión. Para ello acudo a mi ángel de la guarda para que me ayude a ser sincero conmigo mismo. Sin duda, no todos los días son iguales, pero se que el día siguiente supondrá un nuevo reto y dependerá de mi, una vez más.

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