Tengo una máxima, ya le expuse en alguna ocasión: mi alma es entre Dios y yo. A mí, por lo menos a mí, la Obra me sirvió para conocer al Señor, si esto es así ¿puede ser mala? Si una persona tiene trato con Dios –trato sincero-, mediante los Sacramentos y la oración, no la veo capaz de faltar a la caridad, sin entrar a valorar si también puede estar faltando a la justicia. En todo caso, no hacer lo que critico o no hacer lo que no me gustaría que me hicieran.
Con quince años pedí la admisión en el Opus Dei, porque quise, de esto me acuerdo perfectamente. Casi doce años después me fui, también cuando quise. Nunca me sentí coaccionado. Recuerdo cómo el director del centro me intentaba ayudar. Hay que reconocer que en época de rebelión a uno la voluntad le falla –somos poco objetivos con nuestra alma, posiblemente esto sería más certero decir- y no era capaz de ver más allá de mi propia conveniencia. Es como los padres hacen con sus hijos pequeños, como estos no tienen voluntad para hacer las cosas (comer, por ejemplo), los padres la ponen por ellos.
El pasado. Dicen que cualquier tiempo pasado fue mejor, no estoy de acuerdo del todo o por lo menos no siempre, considero que cualquier tiempo pasado fue distinto. En mi caso, en unas ocasiones para dar gracias y en otras para desagraviar, también me río. Lo peor no es haber dejado la Obra, lo peor es todo ese tiempo que estuve sin querer a Dios. Agua pasada no mueve molino, esto si que es verdad. No me preocupo del pasado –ya no puedo hacer nada-, tampoco del futuro –no se qué pasará-, pero sí que me interesa el presente, el día a día. Desde luego, no podemos consentir que por pensar en el pasado nos quedemos parados en/con nuestras vidas.
Tengo un amigo que es jugador de fútbol sala de alta competición, concretamente portero. Últimamente no juega mucho, me llamó una noche de la semana pasada para desahogarse ya que lo está pasando mal (se pasa mal, de verdad, cuando uno piensa que no valoran su trabajo y su esfuerzo). Después de escuchar, le dije dos cosas. La primera, que tenía que ser un profesional y acatar las decisiones de su entrenador y que no pudieran tener reproche de él con respecto a su manera de entrenar y su compañerismo. La segunda cosa que le dije fue que hablara con el entrenador y le expusiera todo lo que pensaba, que no dejara en su cabeza nada que luego le pudiera dar quebraderos de la misma, así evitaría juicios sobre algo en lo que es posible que él viera unas cosas que no había. Después de hablar con él, me escuché a mi mismo y pensé: esto me suena ¿por qué no lo haré yo con mi vida?

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