Leía no hace mucho en un periódico gratuito, en una sección en la que preguntaban a padres sobre la religión en los colegios, que una madre decía que había elegido que su hijo no estudiara religión, que esa opción se la dejaba para cuando fuera mayor y que, así lo decía, ella misma creaba su religión. Religión a la medida, conductas morales a nuestra conveniencia, argumentos para justificar nuestra falta de compromiso.
Últimamente me pregunto sobre cómo ser más objetivo o en qué momento uno es más objetivo. Después de tantas equivocaciones, uno termina por concluir que el mejor lugar donde encontrar esa objetividad -sinceridad y valentía para enfrentarse a la verdad- es delante de Jesús Sacramentado. No se trata sólo, que es mucho, de contarle nuestras cosas, sino también el tener la disposición de saber escucharle; afrontar esos golpes en el alma, eso que “agita” a veces nuestra conciencia, sobre las cosas en las que hay que poner orden en nuestros quehaceres.
Es posible, cada uno es cada uno, que bastantes de los problemas que tenemos, incluso aquellos a los que no terminamos de dar una solución definitiva, sea por nuestra falta de presencia de Dios.
Me paro aquí. Quería escribir sobre otros asuntos, de cómo alucino con aquellos que saben interpretar fidedignamente, los demás no saben o no sabemos, los documentos eclesiásticos, de qué es de Dios o qué no es. Nosotros, ¿somos de Dios o nos inventamos también nuestra religión?

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