El entrenamiento es para el deportista como la vida de piedad es para nosotros. Sin entrenar no se consiguen logros, sin rezar no se llega a saber tratar y querer al Señor bien. Sino se entrena bien, terminamos perdiendo. Sin en nuestra vida no ponemos algunas prácticas de piedad, nuestra voluntad no tendrá fortaleza, cimentada también en otros pequeños sacrificios.
Por eso, en momentos en los que uno se plantea que ha equivocado el camino, que no es lo suyo, que se siente solo o poco o nada comprendido, que rece, que haga oración.
Si en esos ratos de oración uno se distrae, que se sumerja en esas distracciones. Es muy posible que ahí, en donde se nos van la cabeza y el corazón están los motivos de nuestra tristeza pasajera o de nuestra soledad. Orar no es sólo hablar con Dios, también es saber escucharle. Recomiendo el capítulo del Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, el del apartado de "la vida de oración".
Por último, como decía un amigo mío -no se que será de él-, lo malo no es meter la pata, lo malo es dejarla metida dentro.

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