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Vivimos muy deprisa, cada vez más rápido. Sin darnos cuenta se escapan los minutos, las horas, los días. Dentro de esta rapidez, suceden cosas: nos dicen, decimos, hacemos ... Somos como una esponja, no percibiendo plenamente las cosas que ocurren en nuestro entorno y, en otras tantas ocasiones, la jerarquía que damos a los temas puede no ser la adecuada.
En mi deporte, como entrenador, a la hora de jugar contra un equipo teóricamente inferior, solemos decir que nuestro peor rival somos nosotros mismos. Cuando el partido es contra un equipo parejo al nuestro, o incluso algo superior, lo que decimos es que ganará el que reduzca el número de errores. Damos especial importancia a la toma de decisiones del jugador, pedimos que sea rápida y ya si encima es acertada, le damos abrazos y todo. Podemos perder contra los últimos y también ser capaces de ganar a los primeros. Si se da lo primero lo que más deseamos es que llegue el próximo partido, la terapia es entrenar mucho más fuerte, más serio, más concentrado y demostrar el siguiente sábado que ha sido un tropezón. Si se pierde contra el líder, el pensamiento puede ser que entraba dentro de lo previsto. A mí esto último nunca me ha gustado.
Cuando dirigía un equipo juvenil, nuestro primer equipo jugaba (sigue jugando) en división de honor. En ocasiones jugábamos partidos de entrenamiento, antes les daba la charla técnica a los jugadores, aguantábamos diez minutos, a veces tan solo uno, porque luego nos metían goles por todos los lados. Casi siempre lo mismo, los jugadores me decían después, entre alguna risa, que yo quería ganarles, mi respuesta era que si iba a perder me quedaba en mi casa. Escuché una vez que la edad es un número, eso les decía a ellos, poniéndoles el ejemplo de que jugábamos 5 x 5, cinco hombres contra cinco hombres.
Llega el fin de semana y la Semana Santa. Vamos haciendo planes, no dejemos de lado a Dios y a los demás. Por supuesto que nuestro primer prójimo somos nosotros mismos, pero seguro que podemos compartir nuestro descanso y nuestro tiempo. Que durante el tiempo que estemos con nuestra familia, nuestros amigos y con Dios, no estemos pendientes del reloj. Vivamos como si ese instante fuera único y el último. Disfrutaremos mejor y los demás también. |