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Desde el primer sonido del despertador por la mañana comienza la pelea del día. Es importante vencer en ese primer asalto, de él suele depender la organización del resto del día.
La noche anterior, aunque tengo un horario habitualmente definido, programo lo que haré al día siguiente, cada día tiene su afán. Lo primero que hago es, sabiendo las tareas que tengo que realizar, ajustar la hora de cada norma o práctica de piedad. A partir de ahí, todo me va mejor, aunque reconozco que la lucha contra el reloj, la comodidad, la pereza y a veces también los imprevistos no son siempre triunfales. Lo bueno es que tengo la posibilidad de rectificar y el día siguiente vencerme en esa cuestión.
El día podrá haber sido malísimo, cualquier complicación nos puede haber tirado por los suelos todo lo que teníamos previsto, pero hay dos normas de piedad que se, para estos momentos, que no hay que dejar de hacer: la oración y el examen de conciencia. Decía Santa Teresa: "Sin este cimiento fuerte (de la oración) todo edificio va falso". (Camino de perfección, 4, 5).
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