De vez en cuando, durante el día, viene bien parar un rato. Si ese tiempo lo dedicamos para hablar con Dios pues mucho mejor. Si hacemos todos los días un ratito de oración iremos comprobando lo bien que le sienta a nuestra alma, y a nuestro cuerpo también.
Si hay algo que nos entristece, pues lo hablamos con el Señor y procuramos poner patas a los "problemas" para que se vayan. También, poco a poco, conseguiremos fortalecer nuestra voluntad, cada día nos iremos identificando más con el Señor. Recordemos lo que decía Santa Teresa, aquel que no hace oración no necesita demonio que le tiente. También leamos para conocer lo que dice sobre la oración para llegar a Jesús y sepamos aprovechar su estancia en cada sagrario convirtiéndonos en almas de Eucaristía.
Aprendamos a poner primero en nuestro día las primeras piedras, seamos generosos. Acudamos a María y a José, fijémonos en San Juan al pie de la Cruz junto a nuestra Madre. Haciendo oración estaremos más y mejor dispuestos para escuchar, atender y llevar a puerto lo que Dios espera de nosotros.
De san Josemaría podemos llevar a la oración el último capítulo de Amigos de Dios, que se titula Hacia la santidad y saquemos propósitos. Hoy el vínculo que pongo es del resultado que ha salido de poner la palabra oración en sus escritos. Cada día de la semana podemos dedicarlo para hablar sobre temas concretos con Dios, de todo lo que nos afecta: nuestra familia, amigos, trabajo, virtudes, piedad, ... Todo es oración.
La oración es un diálogo con el Señor, "la oración es la elevación del alma a Dios o la petición al Señor de bienes conformes a su voluntad. La oración es siempre un don de Dios que sale al encuentro del hombre. La oración cristiana es relación personal y viva de los hijos de Dios con su Padre infinitamente bueno, con su Hijo Jesucristo y con el Espíritu Santo, que habita en sus corazones" (Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, 534).
|