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Opus Dei al día



Soy Bea, tengo 7 hijos, desde Argentina

Encontré la fe y mi vocación por esos caminos de Dios

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Hace unos días, llamé por teléfono a Luciana. No la conocía personalmente, pero me dio su número una de sus amigas, porque podría resultar interesante entrevistarla para mi blog.

Fui hasta su casa, me abrió la puerta con una sonrisa “de oreja a oreja”.

-¿Te puedo hacer algunas preguntas?

-Sí, por supuesto. Me gustaría mucho que a otros les ayudara mi experiencia con Dios.

-¿Cómo comienza tu “andadura”

-Comienza el la chica sin fe, de diez y siete años, y que pensaba que algo existía pero sin saber hasta que punto podía haber un Dios. Esto fue por el año 2003. Hace cuatro años. En segundo año de mi carrera universitaria vino a estudiar a mi facultad una chica del Opus Dei que congenió conmigo bastante. Me invitó a hacer voluntariado en el pueblito de Santo Tomé-Corrientes- en las vacaciones de verano.

Y en una de nuestras conversaciones salió que yo no estaba bautizada y que tampoco tenía fe.
Mi amiga me propuso asistir a clases de Catecismo-antes de viajar- para conocer la fe católica y accedí, aunque sólo fuera por cultura. Las clases eran los sábados a la mañana en un centro para jóvenes de la Obra. Poco a poco, fui conociendo las verdades de fe, aprendí a rezar el rosario y la estampa de san Josemaría... Rezaba pidiéndole que Dios me diera la fe y me fui formando. Un día entré en el oratorio y mi amiga me explicó que Dios estaba en el sagrario. Lo primero que hizo fue enseñarme a hacer la genuflexión, entonces, me dijo que, además del gesto, había que acompañarla de algo más y me sugirió que podía decir: “Señor, creo firmemente que estás aquí”. Y así lo hice, creyendo firmemente que estaba en el Sagrario. Dios me dio la fe que le pedía porque empecé a creer aquello que le decía, a hacer oración. 
El siguiente paso, era decirles a mis padres que quería bautizarme. Se los dije y me contestaron que no, que esperara a cumplir los 18 años. En noviembre de ese año los cumplí y pedí a mis padres como regalo de cumpleaños mi bautismo, y sin tener fe ni entender nada, me vieron tan convencida y contenta que me acompañaron en mi decisión.

El 8 de diciembre, me bautizó el Párroco, recibí la Primera Comunión y me confirmé junto con otras seis personas más en el Día de La Inmaculada. Mi familia no asistió a la ceremonia pero estuve muy arropada por las chicas del centro.
Antes de bautizarme ya había empezado a trabajar en la administración de otro centro de la Obra. Me daban mi sueldo, porque era un trabajo profesional Como se hace siempre en el Opus Dei me enseñaron a trabajar ofreciendo a Dios mi labor diaria... Y poco a poco mi trabajo me fue gustando cada día más. Antes de bautizarme, fui cooperadora no católica. Cooperaba con mi oración y privándome de ciertos detalles, por ejemplo en vez de tomarme un colectivo… hacía el trayecto a pié e iba juntando las monedas.

Dios me fue mostrando mi vocación y le dije a mi amiga que deseaba ser del Opus Dei. No me la hicieron fácil. Lo fui charlando con mi amiga que es numeraria y con el sacerdote con el que me confesaba. En el 2005 ya era supernumeraria. En el día de hoy no me cambió por nadie, me apasiona mi trabajo y, por supuesto, mi vocación. 
Ahora rezo por mi familia y por mis compañeras de facultad que no creen… para que encuentren la fe y entiendan un poco la Obra. 
Como verán, no hubo lugar a hacerle preguntas porque Luciana me contó todo de un tirón y muy entusiasmada. Al final, me dijo:- ¿Servirá a otros? Que maravilla sería poder compartir mi experiencia.  Ya lo estaba haciendo.

 

Me hice del Opus Dei lentamente y sin que nadie me obligara a nada

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No fue necesario hacerle un reportaje, Bibiana me llamó por teléfono hace unos días, porque leía mi blog en opusdeialdia.org y quería hablar de su experiencia para ayudar tal vez a otros. Nos sentamos en mi casa y me relató lo siguiente: “Primero quiero que sepas de mi conversión, porque sin ella nada tendría sentido. En 1999 era una chica de 20 años, presbiteriana, mis padres lo eran también. Pero lo cierto es que yo no creía ni practicaba. Pensaba que algo existía sin saber hasta que punto podía haber un Dios tan maravilloso.  
Durante  ese año comenzó a gustarme un chico católico y del Opus Dei –yo no sabía muy bien de que se trataba ni si lo era realmente-  que congenió conmigo bastante. Me invitó a ir con él un sábado a visitar y trabajar con familias de asentamientos muy pobres en las afueras de Buenos Aires. Me pareció fabulosa la tarea que hacían. Y en una de nuestras conversaciones salió que yo no  era católica ni tenía fe. Ni siquiera creía en la Virgen, a Quién ellos dedicaban esas tareas de los sábados.  
Este chico me propuso asistir a clases de Catecismo –que dictaban en un club de chicas de la Obra… aunque sea para conocer la fe católica. Y accedí, aunque sólo fuera por cultura. Poco a poco, fui conociendo las verdades de fe, aprendí a rezar el Rosario.... Rezaba pidiéndole que Dios me diera la fe –la que tenía mi amigo- y me fui formando. Un día entré en el oratorio del club y otra chica me explicó que Dios estaba en el Sagrario. Lo primero que hizo fue enseñarme a hacer la genuflexión, entonces, me dijo que, además del gesto, había que acompañarla de algo más y me sugirió que podía decir: “Señor, creo firmemente que estás aquí”. Y así lo hice, creyendo -¡ni yo me lo podía creer!- que Dios estaba en el Sagrario. Dios me dio la fe que le pedía porque empecé a creer aquello que le decía, a hacer oración.  
El siguiente paso, era decirle a mis padres que quería bautizarme. Se lo dije y me contestaron que no, que “nosotros éramos presbiterianos y yo ya estaba bautizada en esa iglesia”, Mientras tanto ese chico que me invitó aquel sábado, ya no era solo alguien con quién congeniaba, éramos excelentes amigos y pronto fuimos novios. Cuando cumplí 21 años, le pedí a mi padre como regalo de cumpleaños mi Conversión de fe, porque era cierto que ya estaba bautizada, y me volvió a decir que no. Como ya era mayor de edad, decidí “tomar las riendas” por mi sola. Ese año hice mi Conversión delante del párroco de mi novio, me confesé, recibí la Primera Comunión y me confirmé, todo junto. Mi familia no asistió a la ceremonia, pero estuve muy arropada por Rafael
-mi novio- y todas las chicas del club.

Cuando comenzamos a hablar de casarnos, me presentaron a una madre joven, simpática y con muchos hijos. Me dio clases para prepararme como futura esposa. Fue una experiencia alucinante: Yo iba todos los viernes a su casa y ella me daba charlas de arreglo de la casa, de la diferencia y complemento del hombre y la mujer, del Sacramento del Matrimonio. Un día, le pregunte-después de dos meses- si ella era del Opus Dei… Y sí, era supernumeraria. Me había llamado la atención que a pesar de que todos sus hijos llegaban del cole, cuando nos atrasábamos un poco, ella les daba un gran beso a cada uno, les preguntaba como les había ido y les decía tranquilamente: “El té está en la mesa, en cinco minutos estoy con uds. “ Terminábamos en ese tiempo y nos despedíamos hasta el viernes siguiente. Aunque varias veces me quedé  con ella y sus hijos. ¡Y fue fantástico! Viéndola a trabajar, me enseñó que el gran secreto era ofrecer a Dios su labor diaria... y poco a poco mi propio trabajo me fue gustando cada día más y lo ofrecía al igual que ella.. Dios me fue mostrando mi vocación así: Sin que nadie me obligara a acortar los tiempos, lentamente. Y le dije a mi amiga-profesora que deseaba ser del Opus Dei. No me dijeron que sí enseguida, pero cuando nos casamos en diciembre del 2000, yo ya era de la Obra. Una vez le pregunté porque no me había dicho que era supernumeraria. Y me contestó: “Me pareció que Dios buscaba el que te dieras cuenta sola y que vieras tu vocación”. Hoy no me cambió por nadie, me apasiona mi trabajo, mi casa, ocuparme de mi marido y mis cuatro hijos y, por supuesto, mi vocación. La relación con mis padres mejoró. Además los dos son cooperadores-no católicos del Opus Dei.. Rezo por ellos, para que encuentren la verdadera fe… como yo encontré la mía y mi vocación, sin presiones, lentamente y sin que nadie me obligara, ni mi novio, ni las chicas del club ni esa amorosa que me enseño tanto de la vida en familia, de cómo ser una buena esposa y madre y del sacramento del Matrimonio. “.

 

Encontré a Dios en mi propio colectivo

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Testimonio de Pedro, chofer del colectivo de la línea 60, en Buenos Aires desde hace más de diez años y padre de seis hijos.

“Hace ocho o nueve años, noté que a la misma hora subía a mi colectivo, un cura con sotana, es decir: vestido de sacerdote. Lo observé durante varios viajes, vi que rezaba el Rosario… pero por sobretodo me llamó la atención que cada vez que pasábamos por delante de dos iglesias que están en mi recorrido se santiguaba y movía sus labios. Como siempre le tocaba viajar conmigo, no mucho después de conocerlo y como estaba parado al lado de mi asiento, le pregunté:

-Perdóneme padre, pero me gustaría saber que dice por lo bajo cuando se santigua y pasamos por delante de una iglesia”.

Me contestó:-”Solamente le digo al Señor que está dentro del Sagrario, que lo quiero mucho, que lo acompaño, que no basta solo con hacer la señal de la Cruz, también  de alguna forma quiero decirle que lo quiero”

-“¿Y qué podría hacer yo para decirle lo mismo… sin soltar las manos del volante para no armar tremendo desastre chocando contra otro?”

-Y eso se lo puede preguntar UD a Él. ¿No le parece?

Lo cierto es que lo pensé y se lo pregunté al mismo Dios muchas veces, cuando rezaba antes de dormir con mis hijos, que era lo único que hacía por Él por aquellos años. Cuando encontré al sacerdote a la semana, le dije muy contento:

-“Padre: ¿No es una falta de respeto si cada vez que pase por una iglesia le toque a Dios tres bocinazos bien fuertes, para decirle que lo quiero?

.”¡No! Y bien contento estará Él de que le expreses tu cariño”. Cada uno debe encontrar a Dios en su trabajo, y quererlo así.”

De allí en más nos hicimos amigos. Y no solo el cura y yo, Dios y yo. Lo invité a comer a mi casita, ¡al cura! Porque a Dios ya lo tenía viviendo dentro entre nosotros. Me habló del Opus Dei, de la santificación en el trabajo de cada día, de que para querelo a Dios había que conocerlo… Y tantas cosas más. Ahora vamos todos juntos en familia los domingos, y cuando yo puedo algún día de semana. Pero lo que más agradezco al Opus Dei-después de los bocinazos, que sigo haciéndolos- es tener dirección espiritual y formación. Quiero decir, poder ir a un sacerdote o a un laico, como uno, que me ayuda en las cosas de la vida. Es algo fantástico tener una persona, en quien confiar, que desde fuera te pueda dar consejos y decirte cosas que te ayudan a pensar. Para mí ha sido muy útil como esposo y padre... Y colectivero. ¡Porque fue un cura el que me enseñó a saber que en mi colectivo encontré a Dios!
 

Conocí el Opus Dei desde dentro

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Desde dentro


Bea Hellers

El otro día, yendo por el centro de Buenos Aires, a un  ritmo bastante acelerado… Me choco de frente con Pablo. ¡Qué alegría! Él es hijo de un matrimonio amigo de supernumerarios, ex-alumno de un colegio –labor personal de padres de familia- con dirección espiritual de sacerdotes del Opus Dei.  Muy cariñoso, simpático. Pero, como suele ocurrir cuando se dan las anteriores premisas… con prejuicios en contra de la Obra… por lo menos hasta que lo vi la última vez hace casi cuatro años.
Ultima actualización ( Sábado 29 de Diciembre de 2007 15:07 )
 

Cooperadora desde hace 20 años: como pez en el agua

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Lía es muy guapa. Abuela joven, rubia, alta y muy bien vestida. Abogada. Cuando le propuse entrevistarla, se sorprendió. Desde hace veinte años es Cooperadora del Opus Dei.

-Lía, ¿Cómo y porqué conociste la Obra?

-Mirá, hace veinte años, uno de mis hijos estaba por recibir la 1ºComunión, y asistiendo a las charlas para padres en la parroquia, una amiga –que también era madre- me invitó a unas charlas en lo de otra amiga. Mi amiga era y es Cooperadora.  No tengo muy claro si fui por curiosidad o porque realmente me interesaba formarme. Pero fui, y aquí estoy.

 
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