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Un recuerdo profesional

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viernes, 29 de diciembre de 2006
Eduardo Poveda, Obispo de Zamora
Artículo publicado en EL CORREO DE ZAMORA
Zamora, 5–X–78


Fue en el año 1940. Hacia poco que había ingresado yo en el Seminario Conciliar de Valencia y contaba a la sazón, veinte años. En noviembre llegó el tiempo de los ejercicios espirituales y vino a dirigírnoslos un sacerdote al que no conocíamos, pero que desde el primer momento captó nuestra atención y nos hizo entrar rápi­damente en la vía de la conversión que es propia de los ejercicios. Aquel sacerdote se llamaba don Josemaría Escrivá de Balaguer y había venido a Valencia llamado por la amistad que tenía con cl entonces rector del seminario, don Antonio Rodilla.

Aquellos ejercicios espirituales nos supieron distintos a los demás, a lo que entonces era habitual. Nada de meditaciones tre­mebundas sobre la muerte y el infierno; nada de sentimentalismos facilones; doctrina firme y clara y, sobre todo, exigencias peren­torias para el seguimiento de Cristo.

Los ejercicios de don Josemaría Escrivá quedaron grabados profundamente en la conciencia de todos los que en ellos partici­pamos. Mucho tiempo ha pasado desde entonces y aún conservo vivo su recuerdo. Que Dios se lo haya retribuido en la gloria.

Del recuerdo de aquellos ejercicios quisiera ahora espumar unas ideas fundamentales que ha dejado impresas en su Obra, pero que son doctrina viva y perenne de la Iglesia.

Todo el mundo habla hoy de sus enseñanzas sobre la santifi­cación del cristiano en el trabajo y en el propio ambiente y estado en el que cada cual se encuentra.

A nosotros, seminaristas, nos habló como seminaristas, nos exi­gió como seminaristas, ni siquiera nos hizo mención del Opus Dei que tenía fundado ya desde 1928. Nos habló mucho, recuerdo, de nuestro deber de trabajar, de estudiar, que era nuestra tarea. Sin tomar en serio el estudio ni podríamos ser santos ni buenos semi­naristas. Pero, al mismo tiempo, nos exigía oración, vida de inti­midad con Dios y devoción filial a María.

He aquí una enseñanza de don Josemaría Escrivá que tiene un valor perenne. El tomar en serio el trabajo, el pensar que hacerlo bien glorifica a Dios y nos santifica, es hoy doctrina universal. En cambio, algunos dicen ahora que como el trabajo es oración ya no hace falta que nos dediquemos a hablar con Dios ni a «perder tiem­po» rezando. Don Josemaría Escrivá siempre predicó que eran necesarias las dos cosas. Sin santificar y mejorar nuestro trabajo, la oración es falsa. Pero trabajando no podemos santificarlos si no dedicamos tiempo a la oración. ¡Qué gran verdad elemental y sen­cilla, pero perenne e iluminadora para el cristiano!

Había también otra paradoja en don Josemaría Escrivá que ya en aquellos ejercicios le captamos. Hoy podemos decir que fue un pionero en la tarea de embarcar a los seglares en la obra de la Iglesia. Revalorizó, como pocos, la visión del laicado... Pero amaba pro­fundamente a los sacerdotes. Pocas veces en mi vida he oído hablar con tanto cariño del sacerdocio y pocas veces me han dado unos ejercicios tan llenos de vivencias sacerdotales.

Y es que para don Josemaría Escrivá dignificar al laicado y reconocer su misión específica con la Iglesia no estaba reñido ni con el amor al sacerdocio ni creaba artificiosos antagonismos que últimamente hemos tenido que presenciar. En su amor a la Iglesia en su comprensión amplia, generosa y dilatada del misterio de Jesu­cristo no había lugar para celotipias ni para que la grandeza de unos miembros del Cuerpo de Cristo tuviese que ir en detrimento o en devaluación de otros miembros. Hoy en día esa lección continúa siendo valiosa y necesaria.

Y esto último que acabo de decir fue también una constante del fundador del Opus Dei, su amor a la Iglesia, su amor a la jerar­quía, su amor al Papa.

Poco antes de morir, ya en estos tiempos azarosos, don Jose­maría Escrivá solía decir: «no hay sacerdotes malos». La frase no deja de ser extraña. Él conocía muy bien las miserias que tenemos los ministros de la Iglesia. En aquellos ejercicios y en sus pláticas posteriores habló constantemente de la responsabilidad del sacer­dote y de la cuenta estrecha que tendríamos que dar a Dios en el día del juicio. Sabía que podríamos prevaricar y que muchos, de hecho, prevaricamos. Pero él veía, por encima de todo, que esta Iglesia con sus ministros y fieles era el instrumento de salvación que Cristo nos había dejado en la tierra.

Él no podría distinguir, como algunos hacen ahora, entre Iglesia institucional e Iglesia espiritual o popular, o encarnada. Sabía, eso sí, que el signo de Cristo podría ser peor o mejor hecho por nosotros los cristianos o por los miembros de la jerarquía. Pero sabía también que el Espíritu Santo actúa indefectiblemente a través de esta ins­titución que aun con miembros pecadores es santa porque Jesús la purifica constantemente con su propia sangre.

Todas estas constantes del espíritu de don Josemaría Escrivá son doctrina viva y perenne, doctrina de salvación y, por tanto, necesaria, al mismo tiempo que muy oportunas para ser recordadas en el momento actual.

Por ello, recomendamos a los miembros del Opus Dei que las recuerden siempre. En particular, me atrevería a pedirles en este 50 aniversario que reafirmen esa fidelidad a la Iglesia y al Papa que el padre les dejó como herencia. La Iglesia os necesita mucho hoy, necesita de vuestro trabajo y de vuestra colaboración. Man­tened encendido en vosotros el fuego de este espíritu.
 
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